En política internacional, como en el ajedrez, cada movimiento tiene un precio. Y Pedro Sánchez, que se ha forjado una reputación de jugador hábil en las mesas multilaterales, parece haber hecho una jugada que ha desconcertado a sus aliados y encendido las alarmas de Bruselas a Washington.
El titular de un medio informativo de prestigio como Politico Europe no deja lugar a dudas: “el nuevo villano de la OTAN”. No es, desde luego, el rol que un líder europeísta y casi políglota como Sánchez habría querido asumir en un foro donde durante años cultivó su imagen de interlocutor fiable.
La polémica nace tras la firma de la Declaración de La Haya, por la cual los miembros de la Alianza se comprometen a aumentar su gasto en Defensa hasta el 5% del PIB en 2035. Sánchez firmó… y, acto seguido, anunció que no cumpliría. España, afirmó, se plantará en un 2,1%. Un mensaje con cierto aire de rebeldía que ha sido recibido con frialdad -cuando no con indignación- por sus socios. La respuesta de Donald Trump no se hizo esperar: “España es el único país que no quiere pagar. Es terrible”. Más allá de la estridencia trumpiana, lo cierto es que el gesto de Sánchez ha sido percibido en Europa como una ruptura del consenso en un momento especialmente delicado. La guerra en Ucrania se prolonga, Putin aprieta en el este, y la OTAN redobla su discurso de unidad. En ese contexto, el anuncio español suena no solo a desmarque, sino a deslealtad. “Si lo consigue, es un genio”, ironizaba Bart De Wever primer ministro belga. La frase, aunque envuelta en sarcasmo, resume bien la incredulidad generalizada.
Hay que preguntarse: ¿es Sánchez un visionario que planta cara al complejo militar-industrial en favor de una Europa más social? ¿O simplemente ha calculado mal los tiempos y el coste diplomático de su posición?
Porque la factura puede llegar pronto. El rifirrafe con Trump ha contaminado la ya tensa negociación comercial entre la UE y Estados Unidos, cuyo plazo vence el 9 de julio. El presidente estadounidense ha amenazado con doblar los aranceles si España no recula. No está claro cómo lo haría Estados Unidos, ya que España es parte de la UE y el bloque negocia acuerdos comerciales para todos sus miembros, pero encontrará la forma… La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, intenta desescalar, pero sabe que cualquier concesión a Sánchez puede abrir una grieta en la posición común europea.

Sánchez: aislado
La foto de familia de la última cumbre atlántica fue elocuente. Sánchez, en el extremo, sin apenas interlocutores, lejos del centro de gravedad diplomático. En política, las imágenes importan. Y en geopolítica, aún más.
Cabe reconocer que el presidente español no está solo por completo. Aquí, en casa, su postura puede encontrar eco entre quienes ven con recelo el incremento del gasto militar, principalmente sus socios de izquierda y los inpendentstas catalanes, que le aúpan en el palacio de la Moncloa.
Y hay argumentos válidos: ¿es realista exigir a España, con un endeudamiento estructural y fuertes desafíos sociales, un aumento del gasto en Defensa que quintuplica el actual?
El error de Sánchez no está tanto en el fondo como en la forma. Firmar y desdecirse en cuestión de horas no proyecta liderazgo, sino incertidumbre. Europa y la OTAN no demandan obediencia ciega, pero sí coherencia. Si el presidente quería plantear una vía alternativa, debía hacerlo con una estrategia sólida, no con un volantazo improvisado que deja a España aislada y a sus aliados desconcertados.
El precio a pagar
El coste de este episodio aún está por calcular. Puede que Sánchez resista el chaparrón y, como sugiere De Wever, salga indemne o incluso fortalecido. Pero también puede que esta jugada marque un antes y un después en su perfil internacional.
Porque en política exterior, como en el ajedrez, las piezas que se sacrifican rara vez se recuperan.
Y abrió otro frente… Por otro lado, Sánchez pidió públicamente la suspensión del Acuerdo de Asociación entre la UE e Israel por violaciones graves de los derechos humanos en Gaza. Una postura coherente con su narrativa humanitaria, pero que ha provocado la ira del Gobierno de Benjamin Netanyahu, que no ha dudado en señalarlo como el rostro visible de una supuesta “cruzada antisraelí” y ha llegado a acusarle de estar “en el lado equivocado de la historia”.
El problema para Sánchez no es solo la furia de Tel Aviv, sino el eco -o más bien la ausencia de él- en Bruselas. En la cumbre de este jueves, sus socios europeos desoyeron una vez más su petición. No habrá sanciones contra Israel.
La Unión Europea, profundamente dividida sobre cómo responder a la actuación del gobierno israelí en Gaza, ha vuelto a quedar condenada a la irrelevancia en uno de los conflictos más sangrantes del presente. Y Sánchez, aunque firme en su denuncia, se ha quedado solo también en esa trinchera.
Momento de cambio Todo esto ocurre en un momento de cambio en el seno de la Unión. El 1 de julio, Dinamarca tomará el relevo de Polonia en la presidencia semestral del Consejo. Aunque este cargo tiene un carácter sobre todo simbólico, el movimiento de su primera ministra, Mette Frederiksen, es sintomático: ha abandonado el «Club de los Frugales» (formado por Países Bajos, Austria y Suecia) y se ha abierto a una nueva emisión de deuda conjunta europea, como pide España, para financiar el rearme frente a Putin.
Sin embargo, ni siquiera en esa aparente coincidencia hay una alianza sólida. Frederiksen, una de las pocas líderes socialistas que quedan en Europa, es al mismo tiempo una de las críticas más duras de Sánchez en el ámbito de la Defensa y mantiene una posición radicalmente distinta en materia migratoria, apostando por un enfoque restrictivo y securitario que choca frontalmente con la visión más garantista del presidente español.
Así, Pedro Sánchez aparece como una figura en tensión: por un lado, comprometido con causas morales que muchos ciudadanos europeos apoyan -la paz, los derechos humanos, el rechazo al belicismo-; por otro, incapaz de convertir ese compromiso en influencia política real.
Sus movimientos recientes, por valientes que sean, parecen más testimoniales que estratégicos. Su aislamiento no es solo simbólico, sino efectivo. Y aunque pueda reivindicar la coherencia, la realidad es que en política internacional la soledad no se premia, se penaliza.
Nuevo equilibrio de fuerzas en la UE
Europa asiste a una reconfiguración de equilibrios: entre atlantismo y autonomía, entre contención y rearme, entre derechos y realismo.
En ese tablero, Sánchez juega con convicción, pero sin aliados. ¿Será suficiente la integridad moral como brújula en un continente cada vez más dividido? ¿O está pagando el precio de una política exterior más ideológica que pragmática?
Por ahora, el presidente español avanza por una cornisa estrecha. Aplaudido por algunos sectores sociales, cuestionado por muchos de sus pares, se ha convertido en el rostro de una Europa que incomoda… pero que, de momento, no lidera. Y en la alta diplomacia, sin capacidad de arrastre, la palabra se convierte en gesto, y el gesto, en vacío…