Por Carlos Gulberti
Nunca me gustaron los extremos, nunca remé hacia un lado sin considerar la posibilidad de hacer lo contrario, es decir, no fui amigo de unos y desdeñé a los oponentes. Siempre consideré los puntos de vista, incluso enfrentados, como útiles: para reflexionar, para extraer de cada uno de ellos lo más sustancial, para discernir un camino intermedio, en definitiva, para acercarme a la verdad.
Pero a la verdad -dicho sea de paso- es que por mucho que se practique este método, no se llega fácilmente. El camino es más tortuoso de lo que uno espera.
Digo esto como prámbulo de lo que quiero exponer. Hace unos días comentaba con amigos lo sucedido en el seno de la Iglesia Católica. Y todos coincidían en algo que yo no compartía, será porque estudié entre curas, allá por la década de los sesenta, en el colegio León XIII de Buenos Aires, o porque los años y los kilómetros me curtieron contra etiquetas preconcebidas.
Tras leer un artículo de mi colega Gustavo Rachid Rucker donde analizaba la personalidad del papa Francisco y su astucia para enfrentarse a sus detractores, me animé a desempolvar la pluma y aclarar inexactitudes históricas y escribir al respecto. La pregunta era:
¿Es este papa comunista? ¿Y Francisco era socialista?
Rotundamente, no. Ninguno de los dos lo es. Pero la pregunta revela algo importante: la incomodidad que muchos sectores -especialmente conservadores o de derecha- sienten cuando un papa habla de pobreza, desigualdad y justicia social con fuerza y claridad. Y es entonces cuando surgen los viejos fantasmas: “comunista”, “socialista”, “populista”.
¿Por qué se los acusa de eso?
Porque ambos papas –Francisco y ahora León XIV– han insistido en criticar los excesos del capitalismo salvaje, denunciar la “economía de la exclusión”, poner en el centro a los pobres, los migrantes, los descartados, reclamar una ecología integral que frene el extractivismo y el cambio climático.
Pero eso no es comunismo. Es doctrina social católica, una tradición que viene desde León XIII con Rerum Novarum (1891) y que fue profundizada por papas tan diversos como Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Por cierto, es digno de dedicarle unos minutos a su lectura. Siendo escrita en 1891, es totalmete vigente en la actualidad.
También podíamos decr que hubo papas de derecha, o conservadores. Juan Pablo II o Benedicto XVI, eran conservadores en lo religioso, pero pioneros en la defensa de los derechos sociales desde una perspectiva cristiana. Hoy podríamos decir que fueron papas doctrinalmente tradicionales, pero socialmente preocupados por la justicia. Eso no los hace de derechas.
Por cierto, aunque la Iglesia ha tenido papas con visiones contrapuestas, como el conservador Pío IX frente al más aperturista León XIII, es raro ver una continuidad tan orgánica como la que parece darse entre Francisco y León XIV. Esto sugiere que Francisco, con astucia, logró influir en la elección de un sucesor afín, evitando el destino de reformistas como Juan XXIII, cuyos legados fueron finalmente contenidos y olvidados por sus sucesores.

Francisco: ¿socialista?Francisco viene de América Latina, donde la pobreza estructural y la desigualdad son más visibles. Su visión está muy influida por la teología del pueblo no confundir con la teología marxista de la liberación). Su opción por los pobres no es ideológica, sino evangélica. Él mismo dijo:
«Dicen que soy comunista. Pero el Evangelio no es comunista. Es revolucionario.«
León XIV: ¿más radical aún?
Si León XIV continúa y profundiza la línea de Francisco, con un lenguaje más directo o decisiones más osadas, como redistribución real de bienes eclesiásticos, reforma del celibato, o el acceso de mujeres al diaconado, la presión mediática e ideológica será aún mayor. Pero eso tampoco lo convierte en comunista: lo convierte en coherente con el mensaje de Jesús, que dijo:
“Bienaventurados los pobres… el Reino de Dios es de ellos.”
En resumen, ni Francisco fue socialista ni León XIV es comunista.
Son pastores que interpretan el Evangelio desde la justicia social, no desde ideologías.
Las etiquetas suelen venir de quienes se sienten interpelados por una Iglesia que ya no calla ante las injusticias del sistema económico.
Es que vivimos tiempos en los que la inmediatez de las cosas, la desinformación y la superficialidad y ligereza, han creado sociedades críticas, pero sin argumentos, sentencian sin ser jueces y se repite un estigma: si es viral, y lo dice mucha gente, es verdad. Y ya está.
Malos tiempos para pensar por sí mismo… El tiempo se mueve despacio pero pasa deprisa…, ya veremos.