Por: Pablo Sanz Bayón – Profesor de Derecho Mercantil
Los cambios en la política exterior estadounidense introducidos por la Administración Trump en apenas dos meses desde la inauguración de su mandato han generado una gran sensación de urgencia e inquietud entre los líderes europeos ante el desafío que representa. No es para menos.
Si Estados Unidos mantiene esta estrategia más allá del segundo mandato de Trump y su sucesor es otro republicano de su misma línea, el impacto en las relaciones transatlánticas sería profundo. Ocho años de esta política podrían marcar un punto de inflexión, haciendo que muchas de las medidas actuales se vuelvan permanentes, a menos que los demócratas logren recuperar la Casa Blanca en 2029.
Por el momento, parece indudable que los próximos cuatro años serán muy largos para Bruselas. La única solución -incómoda- es que los países europeos y, en consecuencia, la Unión Europea, se vuelvan más autosuficientes y autónomos al diseñar y desarrollar su propia cooperación e integración. Esta “autonomía estratégica europea” no es solo un concepto, sino una necesidad realista para el futuro de la UE. Pero no se debe convertir en un mantra, o una grandilocuencia, ni en un concepto vacío de contenido. Gracias a la nueva Administración Trump, los líderes europeos han descubierto que no puede haber verdadera seguridad económica e industrial sin al mismo tiempo dotarse de capacidades militares autónomas.
El plan de Europa
La reciente Iniciativa ReArm Europe de la Comisión Europea responde precisamente a esta voluntad de cambio en clave de realismo internacional: es preciso dotarse de capacidades militares autónomas (e independientes de Washington) para poder influir en las grandes partidas geopolíticas mundiales, de acuerdo con los propios intereses, prioridades y necesidades.
En este sentido, la Comisión ha dado un paso audaz con un plan diseñado para mejorar las capacidades de defensa y seguridad europeas mediante una financiación potencial de hasta 800.000 millones de euros. En efecto, esta iniciativa marca un momento crucial para la autonomía estratégica de Europa, pero no es algo nuevo.
Mucho antes de esta noción de «autonomía estratégica» en su dimensión militar, hubo una propuesta de “Comunidad Europea de Defensa” que dio lugar a un acuerdo, el Tratado de París (mayo de 1952), firmado por Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Francia, Italia y Alemania Occidental. Pero este proyecto quedó estancado tras el rechazo y no ratificación del tratado por parte de Francia.
El tratado mencionado se originó con el Plan Pleven, propuesto en 1950 por el entonces primer ministro francés René Pleven en respuesta al llamamiento estadounidense al rearme de Alemania Occidental. La formación de una arquitectura de defensa paneuropea, como alternativa a la propuesta de adhesión de Alemania Occidental a la OTAN, pretendía aprovechar el potencial militar alemán en caso de conflicto con el bloque soviético.
Así como el Plan Schuman se diseñó para eliminar el riesgo de que Alemania tuviera el poder económico propio para volver a la guerra, el Plan Pleven y el Comunidad Europa de Defensa pretendían prevenir la posibilidad militar de que Alemania volviera a la guerra. Finalmente, la Comunidad Europea de Defensa fracasó y las Conferencias de Londres y París de 1954 previeron la adhesión de Alemania Occidental a la OTAN.
Lecciones del pasado
Esta clave histórica nos da la pista de varias cosas. En primer lugar, ya hubo un antecedente frustrado. Para que prospere un proyecto de seguridad y defensa común europeo es preciso que haya un entendimiento y coordinación, principalmente, dentro del eje franco-germano. Si París y Berlín no van en la misma dirección, la iniciativa europea será ineficaz en la práctica.
Esta es la primera premisa que los líderes europeos deben tener muy presente a la hora de desarrollar la Iniciativa ReArm Europe para evitar un nuevo fiasco. Habrá que estar muy atentos a cómo se entienden el recién electo Canciller Merz y el todavía inquilino del Elíseo, sin olvidar a los otros dos actores relevantes con mucho que ganar o perder en la jugada: Italia y Polonia.
En segundo lugar, una iniciativa de tal calibre requerirá reorganizar la estructura interna de la UE, mejorando la relación multilateral de los diferentes Ministerios de Defensa e Industria, y en general la armonización de la política exterior de los 27 países. Con mucha razón, el historiador Odd Arne Westad calificó el proyecto de la Comunidad de Defensa Europea como “demasiado complejo para funcionar en la práctica” (The Cold War: A World History, Londres, 2017, p. 213). Si el plan de la Comisión se complejiza en exceso es muy posible que descarrile.
De hecho, cabe recordar que aquel proyecto mencionado puso fin a la carrera política de Jean Monnet, como arquitecto de la Comunidad Económica Europea, al quedar vinculado su futuro político a la creación de una fuerza militar paneuropea. El lema de Monnet de «unir a las personas y no a los Estados» era, ante todo, un proyecto de paz, y, por lo tanto, la conferencia de Messina de 1955 allanó el camino para la unidad económica (y posteriormente también política). En su discurso de despedida, una vez más, abogó por el futuro, con un llamamiento a los europeos: «Los ciudadanos de Europa necesitan comprender la diferencia entre el futuro y el progreso, y el retorno al pasado, a la guerra».
En tercer lugar, no hay que perder de vista que para que la iniciativa ReArm Europe de Von der Leyen prospere, la principal dificultad no será técnica sino de mentalidad. El fracaso de la Comunidad Europa de Defensa se explica asimismo por la influencia decisiva y determinante que Estados Unidos aplicó sobre la seguridad europea a través de la estructura militar y financiera de la OTAN (organización que se crea en 1949, antes de la fundación por el Tratado de Roma de la Comunidad Económica Europea, que data de 1958).
Unido al Plan Marshall, la Unión Europea nació otanizada y comprometida en un cómodo vasallaje que permitió a los gobiernos europeos ahorrar en gasto militar para destinarlo a otras inversiones y partidas presupuestarias. Alemania federal -desde 1991 ya reunificada- fue un claro ejemplo de esta ventajosa sumisión, que impulsó su competitividad y consolidó su inmenso poderío industrial y tecnológico, ahora completamente desbaratado tras desconectarse de la energía rusa.
Por tanto, el futuro de Europa pasa por construir una autonomía estratégica mediante la recuperación de las capacidades militares de los países europeos, pero integrados en el marco de la UE, sin repetir el fracaso de la Comunidad Europea de Defensa de 1952. Las causas del fracaso de aquel proyecto siguen siendo relevantes hoy en día, como enseñanza de por qué Europa no pudo alcanzar su autonomía estratégica.
Muchos políticos europeos no tuvieron el coraje de unirse por el bien de las generaciones futuras, prefiriendo ganancias políticas a corto plazo. El vasallaje hacia Washington fue muy grato y rentable para ciertos grupos políticos y empresariales europeos. Se impuso la visión de que delegar la seguridad y defensa a los estadounidenses no llevaría consigo consecuencias indeseables, incluso teniendo el precedente del fiasco militar de Suez en 1956.
Además, tampoco debe ignorarse que el precio de la prosperidad y de la paz en Europa occidental fue acompañado del desmantelamiento de la libertad y la democracia en buena parte de Europa central y oriental, que no serían revertidas, aunque de manera muy imperfecta, hasta el colapso y disolución de la URSS.
Un desafío abrumador
Volviendo al 2025, parece evidente que la necesidad de una estrategia de defensa europea unificada es ya imperiosa ante la caducidad de las garantías militares de Estados Unidos que los líderes europeos creían incondicionales y perpetuas.
Ante la rápida pérdida de interés y de compromiso con la OTAN por parte de la Administración Trump, la estrategia de reducir la dependencia del apoyo militar estadounidense es una política realista, incluso si la idea de un proyecto de ejército paneuropeo resulta imposible.
El desafío es abrumador. Podría requerir que organismos institucionales como la UE consoliden medios de organización, liderazgo y niveles nuevos de representación para el funcionamiento de la nueva estrategia. En última instancia, con toda probabilidad, se trataría de un ejército híbrido, ya que su columna vertebral seguiría siendo el de los ejércitos nacionales.
Por eso mismo, la EU no es Estados Unidos y nunca lo será. Unos “Estados Unidos de Europa” es una fantasía burocrática. En términos históricos Estados Unidos se volvió poderoso tras unirse, pero Europa dominó históricamente porque sus países compitieron. Ningún Estado nación cede decisiones de guerra a un comité internacional y supraestatal.
Europa no necesita un desarrollo federalista al modo de Estados Unidos. Necesita básicamente que sus Estados sean soberanos, cooperen realmente entre sí y actúen conjuntamente en vez de externalizar y subarrendar su defensa y seguridad. Es decir, requiere dejar la mentalidad de vasallo que se instaló en Bruselas desde la fundación de la UE. La OTAN funcionó de la manera en que funcionó porque alguien la lideró y financió de acuerdo con sus intereses coyunturales. Tan sencillo como quién paga manda.
Reflexión final
Como he tenido ocasión de comentar en varios foros últimamente, es el momento de reivindicar a Charles de Gaulle. Su filosofía política, denominada “gaullismo”, enfatizó la soberanía e independencia nacionales, impidiendo -en su contexto histórico- que Francia se subordinara a los “anglosajones” (Estados Unidos y Reino Unido).
Las políticas de De Gaulle condujeron a un período en el que Francia abandonó la estructura de mando de la OTAN, exigió la salida de las tropas estadounidenses, construyó un arsenal nuclear autónomo, una política energética más sólida y vetó la adhesión del Reino Unido a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), la primera encarnación de lo que después sería la CEE y luego la UE.
En este sentido de urgencia, los acontecimientos parecen haber dado la razón a Charles de Gaulle y, quizás irónicamente, han convertido también a un buen número de europeos en gaullistas inesperados, aunque no lo sean conscientemente.
Si Bruselas quiere tener éxito con su Iniciativa ReArm Europe, no debe pues olvidar el origen mismo de la UE, ni tampoco quienes y porqué se han beneficiado a expensas de su vulnerabilidad constitutiva. Pero no hace falta remontarse a De Gaulle para deducir esto, ni siquiera para fundamentar una praxis realista para Europa. El escritor romano, Publio Flavio Vegecio, en su tratado Epitoma Rei Militaris, mejor conocido como Compendio de Técnica Militar, ya enfatizaba con su famosa máxima latina «si vis pacem, para bellum», la idea de que la fuerza y la preparación son disuasivos esenciales para enfrentar el conflicto bélico. En definitiva, no existe soberanía efectiva ni seguridad económica sin defensa armada.
En esta crisis, el realismo es clave, ya que podría empujar a los países europeos a tomar medidas decisivas para alcanzar de una vez por todas su “madurez geopolítica”, siempre que actúen con compromiso y coherencia.